Tanto las playas como las dunas tienen una función principal: proteger a las costas de la energía de las olas, principalmente ante eventos atmosféricos extremos como fueron los dos huracanes que afectaron a la isla en septiembre de 2017.

Las playas, que son el principal recurso natural del país, no solo sirven para amortiguar la energía del oleaje y ser protección para nuestras costas; también son ecosistemas donde habitan un sinnúmero de organismos vegetales y animales marítimo-terrestres.

De acuerdo con Maritza Barreto Orta, profesora en la Escuela Graduada de Planificación de la Universidad de Puerto Rico (UPR) y coordinadora de la Red de Playas de Puerto Rico y el Caribe —adscrita a la Escuela—, las playas, en especial, son hábitat de las tortugas marinas que anidan en nuestras costas cada año.

Asimismo, la playa tiene un rol ambiental —que comparte con la duna— de almacenaje de arena. El propósito de este almacenaje, según Barreto Orta, es que haya arena disponible para alimentar la playa cuando ocurran fenómenos atmosféricos como huracanes y fuertes marejadas.

Barreto Orta indicó que la berma de la playa es una de las zonas más importantes para este almacenamiento de arena. La berma, una zona de acumulación de arena que se forma en la temporada de verano, es esencial para el anidaje de tortugas marinas.

Según la experta en playas, cuando las tortugas van a anidar, usualmente se van por la zona de la berma, puesto que colinda con la parte posterior de la playa, también llamada backbeach. Al ser la parte trasera de la playa, el backbeach es el espacio “más protegido” de la energía de las olas, señaló Barreto Orta.

La berma de la playa es una de las zonas más importantes para este almacenamiento de arena, según la geóloga Maritza Barreto. (Andrés Santana Miranda/Diálogo)

No obstante, durante el invierno, la arena de la berma migra hacia la zona submarina. Por lo tanto, la playa se aplana, hasta que el oleaje vuelve a subir la arena del fondo marino, y nuevamente forma la berma en verano. Es decir, en la mayoría de las playas, la acumulación de arena se lleva a cabo en un ciclo de un año, aunque hay playas que tienen ciclos más duraderos.

“Se supone que si la playa está en equilibrio, que no tiene erosión, la arena que se va es la arena que regresa… Cuando esta arena no regresa y se pierde, hay erosión”, detalló Barreto Orta, quien lleva estudiando las playas de la isla durante 25 años.

Problemas de erosión antes de María

La Red de Playas concluyó, mediante un informe técnico entregado al Departamento de Recursos Naturales y Ambientales (DRNA) el año pasado, que el 60% de nuestras costas enfrentaban problemas de erosión. En el estudio se evaluaron playas desde el 1973 hasta el 2010.

Precisamente, las zonas costeras más afectadas por los huracanes de 2017 se encuentran en áreas que, de acuerdo con este informe, exhibían altos niveles de erosión antes del paso de estos eventos.

Algunos ejemplos son Parcelas Suárez y Villa Cristiana en Loíza; Ocean Park en Condado; Fortuna en Luquillo; Córcega en Rincón; Montones y Jobos en Isabela; Punta Guilarte en Arroyo; el balneario de Boquerón en Cabo Rojo; y el balneario de Dorado.

“Tenemos unas áreas que ya estaban afectadas. ¿Qué pasó con María? Las acabó [de deteriorar]”, apuntó Barreto Orta.

“Lo triste es que nosotros llevamos años hablando de esto [sobre problemas de erosión costera]… Yo hablé en la Junta de Planificación hace más de diez años sobre esto y lo que venía… y se quedó ahí”, lamentó la científica de la UPR.

De igual forma, tal como reseñó Diálogo a fines del año pasado, un estudio realizado por la Red de Playas luego del embate del huracán María concluyó que el ancho de las playas en Puerto Rico se redujo significativamente.

Asimismo, hubo pérdidas de dunas y en algunas playas el tamaño del grano de arena cambió a uno más grueso –lo que podría perjudicar el anidaje de las tortugas marinas en nuestras costas–. También, se encontraron decenas de fragmentos de coral, así como de otros animales marinos invertebrados muertos.

De acuerdo con la profesora de planificación, las playas más afectadas por el paso de María se encuentran en las zonas sureste [de Salinas a Ceiba], norte central [Manatí a Aguadilla] y noroeste [Aguadilla a Mayagüez]. A saber, las playas localizadas por donde entró y salió el huracán.

Un ejemplo de ello es La Boca en Barceloneta, que, conforme con el estudio liderado por Barreto Orta, perdió más del 90% de su extensión luego de María. Debido a la severa erosión que sufrió con el impacto del ciclón, este sector se ha convertido en uno de los más vulnerables ante eventos atmosféricos extremos, incluyendo fuertes marejadas ocasionadas por tormentas invernales en Estados Unidos, cuya temporada se extiende desde noviembre hasta marzo.

Además de La Boca, el huracán María también causó estragos severos en la Poza de las Mujeres y Playa Boquilla en Manatí; Córcega en Rincón; Crash Boat en Aguadilla; y El Maní en Mayagüez. Le siguen las playas de Añasco, Arecibo e Isabela.

Conforme a la coordinadora de la Red de Playas de Puerto Rico y el Caribe, Maritza Barreto, mientras más ancha y alta sea la playa, mejor es su función como barrera natural. (Andrés Santana Miranda/Diálogo)

Aunque inicialmente la experta en oceanografía geológica estimó, que tras sufrir los embates de los huracanes Irma y María, las playas se recuperarían en aproximadamente seis meses, las marejadas históricas que se registraron en marzo alteraron ese pronóstico. Destacó que el fuerte oleaje que azotó nuestras costas en esa fecha, causado por la tormenta invernal Riley, agravó el problema de erosión que sufren estos ecosistemas.

“No están listas. Las barreras [naturales] no se han recuperado. Esa es mi mayor preocupación… No se ha hecho una acción a corto plazo para tratar de reducir el impacto de esa pérdida de recuperación. Si viene otro huracán, la inundación costera será mayor y habrá más daños”, señaló Barreto Orta.

Tanto fue el impacto del oleaje ocasionado por las tormentas invernales de este año que las fuertes marejadas registradas en Barceloneta, por ejemplo, ocasionaron que una casa —deshabitada— en el sector La Boca se partiera por la mitad. Junto a ella, nueve residencias más fueron afectadas por la fuerza de las olas.

Según determinó la investigadora, actualmente las playas de la isla no “están listas” para recibir el embate de otro gran evento atmosférico, especialmente de la magnitud de los huracanes del 2017.

“No están listas. Las barreras [naturales] no se han recuperado. Esa es mi mayor preocupación… No se ha hecho una acción a corto plazo para tratar de reducir el impacto de esa pérdida de recuperación. Si viene otro huracán, la inundación costera será mayor y habrá más daños”, señaló Barreto Orta, considerando que estamos a poco menos de dos meses para que inicie la temporada de huracanes en el Atlántico.

“Estoy tratando de promover que se defina a las playas –pero también pueden incluirse el resto de las barreras naturales– como infraestructura vital del país”, expresó, añadiendo que aunque existen leyes que protegen la conservación individual de distintas barreras naturales, no existe ninguna política pública en Puerto Rico que las atienda en conjunto.

Las dunas: almacén de arena de la playa

Debido a que las dunas son un sistema incorporado a las playas, ellas comparten la función de amortiguar la energía de las olas ante eventos atmosféricos extremos. Igualmente, en las dunas desovan tortugas marinas en peligro de extinción, como el tinglar y el carey. También, le sirven de hábitat a otros organismos animales y vegetales marítimo-terrestre.

Según varios expertos consultados por Diálogo, las dunas tienen, incluso, un valor estético que atrae a turistas a las costas de la isla, impulsando una de las principales actividades económicas en las islas caribeñas.

De acuerdo con la profesora Rosana Grafals, la formación de esta barrera natural depende del ancho de la playa por su suplido de arena. (Andrés Santana Miranda/Diálogo)

De acuerdo con la profesora de geografía de la UPR en Cayey y experta en dunas, Rosana Grafals Soto, las dunas son montículos de arena transportada por el viento y depositada detrás de la playa, colindando con lo que se conoce como el backbeach.

Para que se forme una duna, según Grafals Soto, debe haber vientos dominantes en dirección tierra adentro que puedan transportar la arena, suplidos constantes de arena –obtenidos mediante la misma playa–, y obstáculos que reduzcan la velocidad del viento, provocando así la deposición de arena.

Entre los obstáculos más comunes para provocar la deposición de arena se encuentra la vegetación de la playa, puesto que permite que la arena pase a través de las hojas, formando la fase inicial de la duna.

La batata [bejuco] de playa, matojo de burro y el arbusto de uva de playa son algunos ejemplos de especies que logran formar o estabilizar una duna, de acuerdo con Grafals Soto. De hecho, la geógrafa señaló que en la pendiente de la duna –que mira al océano– y en la parte de mayor elevación –mejor conocida como la cresta–, predomina la uva de playa, que es excelente para estabilizar una duna ya formada.

De igual forma, explicó la experta en dunas, la formación de esta barrera natural depende del ancho de la playa por su suplido de arena. Además, para que el viento pueda transportar la arena, el tamaño del grano también varía. Por consiguiente, es más frecuente encontrar dunas en playas que sean anchas y de arena fina.

En el caso de Puerto Rico, las dunas se encuentran principalmente en la costa norte de la isla, debido a que es la más influenciada por los vientos alisios –necesarios para que la arena se pueda mover tierra adentro–. Según Grafals Soto, de los 25.85 kilómetros de costa con dunas que existían antes del paso del huracán María, “prácticamente el 50%” estaban en Isabela, Loíza y Dorado.

La profesora de la UPR en Cayey extrajo estos datos del inventario de dunas que realizó entre el 2014 y el 2016. Luego del ciclón, la línea de costa de dunas no se ha vuelto a contabilizar.

Según la profesora de geografía en UPR Cayey, Rosana Grafals, la mayoría de los pueblos de la costa norte de Puerto Rico cumplen con los criterios de formación de dunas, exceptuando Quebradillas, Vega Alta, Vega Baja, Guaynabo, Cataño, Fajardo y Río Grande. (Andrés Santana Miranda/Diálogo)

Otros municipios que poseen dunas –en al menos una porción mínima de su territorio– son Manatí, Arecibo, Camuy, Aguadilla, Barceloneta, Hatillo, San Juan, Carolina, Luquillo, Culebra y Vieques.

Se han perdido las dunas

“Como resultado principalmente de procesos humanos, en Puerto Rico hay menos arena en la costa y menos dunas que en el pasado”, denunció Grafals Soto, quien aseguró que antes del huracán María las dunas de la isla llevaban décadas sufriendo de erosión severa a causa de acciones ciudadanas.

La extracción ilegal de arena para motivos de construcción, el establecimiento de represas e infraestructura costera, el uso de vehículos todo terreno [“four tracks”], al igual que el tránsito de personas por encima de las dunas, son algunas de las acciones humanas responsables de la erosión en estas barreras naturales.

Además, factores naturales como el calentamiento global han sido medulares en la erosión de dunas, aseguró Grafals Soto. Comentó que, como parte de los efectos del cambio climático, se ha afectado el paso y severidad de las tormentas, el aumento en el nivel del mar, así como el crecimiento de la vegetación costera.

Todos estos factores incidieron para que el huracán María erosionara severamente las dunas de la isla que anteriormente se encontraban en mal estado. Las zonas más afectadas por el ciclón, precisamente, se encuentran en los municipios con la mayor cantidad de dunas –Isabela, Loíza y Dorado–. No obstante, indicaron los expertos consultados por Diálogo, fueron las marejadas ciclónicas de marzo las que más agravaron el estado de erosión en esta barrera natural.

“Estamos en el Caribe, somos un espacio vulnerable a muchos riesgos. Tenemos que reconocer que estos fenómenos van a continuar ocurriendo […] tenemos muy poco tiempo para organizarnos”, expresó preocupada Grafals Soto, refiriéndose al tiempo que resta para que inicie la próxima temporada de huracanes el 1 de junio.

“Tenemos que ser pacientes y buscar la forma de ser considerados con nuestros espacios costeros. No solo porque son hábitat de otras especies, sino porque son nuestro hábitat. Nos protegen”, manifestó.

Precisó que, aunque estima que tras enfrentar ambos fenómenos atmosféricos las dunas podrían recuperarse en un año, el descuido ciudadano y la falta de concienciación sobre el estado de este recurso natural podría atrasar el proceso de restauración hasta aproximadamente cinco años.

“Estamos en el Caribe, somos un espacio vulnerable a muchos riesgos. Tenemos que reconocer que estos fenómenos van a continuar ocurriendo […] tenemos muy poco tiempo para organizarnos”, expresó Grafals Soto.

Por su parte, el profesor de biología de la Universidad de Puerto Rico en Aguadilla, Robert Mayer Arzuaga, quien también dirige el Centro de Restauración Ecológica Costera de la misma institución, se mostró muy preocupado por el estado de situación de las dunas, debido a que “se pueden erosionar por completo”.

Mayer Arzuaga, quien lleva restaurando dunas junto a estudiantes del Centro de Restauración en el área noroeste de la isla –particularmente Isabela, Arecibo y Camuy– desde el 2007, ha implantado distintos métodos para la restauración de dunas, que han resultado exitosos para estas primeras líneas de defensa ante infraestructura costera.

Una estrategia ha sido colocar paseos de madera en la arena para evitar que los visitantes caminen por el área de las dunas. Este recurso resultó especialmente efectivo en el Pozo Teodoro en Isabela, que lleva sufriendo de pérdidas significativas de dunas desde aproximadamente la década de 1970. Para este caso en particular, el Programa de Restauración de Dunas creó un camino en madera en esta playa en el 2015.

Para Rosana Grafals, quien es experta en dunas, la restauración de esta barrera es uno de los métodos preferidos para mitigar la erosión costera. (Andrés Santana Miranda/Diálogo)

De hecho, gracias a los esfuerzos del proyecto de restauración, el Pozo Teodoro fue una de las pocas playas de Isabela que “resistió” el embate del huracán María, en comparación con la playa Middles –del mismo municipio–, que sufrió mayor erosión en sus dunas a consecuencia del ciclón.